Homiletiqueando

Homiletiqueando

En homenaje de agradecimiento a don Armando González, mi maestro de homilética en el Seminario Alianza de Guayaquil, Ecuador, a don Miguel Lecaro, el maestro y modelo de todos en el púlpito del Templo Alianza, y a mi sobresaliente compañero de cuarto en el seminario, Isidoro Cevallos, gran predicador. 

 "Si eres de los predicadores que escriben todo su mensaje, sube al púlpito con un bosquejo de él. Pero, aún si subes con el bosquejo, recuerda que este debe ser para sacarte de aprietos, no para meterte en ellos." Por M. V. M

Un Buen Mensaje sin una buena Homilética es un mal Sermón

     ¿Ha recibido alguna vez por correo una carta, postal o sobre importante en malas condiciones? A todos nos ha pasado una que otra vez. ¡Que pena que algo valioso o preciado nos haya llegado así!  Exactamente lo mismo sucede cuando recibimos el mensaje de la Palabra de Dios en una mala predicación. Quiero decir, cuando un buen mensaje es arruinado por una mala homilética.

     Cambiemos la figura.  Usted acaba de comprar un buen auto, lo saca del concesionario a la carretera para llegar a su destino, pero si usted no conoce y sigue las leyes de transito, dificilmente llegará a salvo.
Se "comerá" un "Pare", violará un "Ceda el Paso", cruzará un semáforo en la luz roja, hará un viraje prohibido, se pasará al otro carril sin poner la señal o percatarse de si viene algún auto en esa vía, no guardará la distancia con el auto del frente para poder frenar a tiempo, o frenará en el último momento y terminará chocado por detrás, y posiblemente su auto terminará encima del que está delante. ¿Entiende lo que le quiero decir? 

     El resultado de ignorar la homilética o no hacerle caso no deja que el mensaje sea entregado satisfactoriamente en la predicación. Para el predicador responsable, tanto como para congregación atenta y exigente, esto tiene que causarle una frustración que pudo haberse evitado, si el mensaje hubiera sido preparado y entregado siguiendo una buena homilética.

      La homilética es la disciplina que trata de la preparación y exposición de los sermones bíblicos. Tal parece que es una materia des- cuidada por los seminarios o por los seminaristas, porque a mi manera de ver las cosas, tenemos crisis de buenos predicadores y de buena predicación. Ignorar la homilética en la predicación es como querer practicar la medicina sin estudiarla o ejercer la abogacía sin un doctorado en jurisprudencia. Bueno, es peor, porque no hay un oficio más sagrado que la predicación, y esta en todo sentido requiere la mejor y más digna preparación que sea posible. 

El Predicador que Lee su Sermón siempre está en Desventaja

          Siempre que estoy frente a un predicador que lleva escrito todo su sermón al púlpito no puede dejar de pensar en aquella anécdota del estudiante de homiletica que luego de hacer su práctica ante su profesor, le preguntó con mucho entusiasmo: "¿Qué le pareció mi sermón?", a lo que el profesor ni corto ni perezoso le respondió: "En primer lugar, lo leíste. En segundo lugar, lo leíste mal. Y en tercer lugar, no valía la pena leerlo.

          Bueno, estos tres puntos no necesariamente aplican a todo predicador que lee su mensaje, pero por lo menos el primero sí.  Y hay varias razones para sustentar que "el predicador que lee su sermón en el púlpito siempre está en desventaja":

          1.  Un sermón no es una pieza literaria sino de oratoria.  En el púlpito lo que importa es el mensaje bíblico y la destreza oral o dones de oratoria que Dios le ha dado a su mensajero para proclamarlo.

          2.  El predicador que lee su mensaje pierde el contacto visual con la congregación.  Pone los ojos en el papel en vez de ponerlos en la gente que lo escucha. 

          3.  Hace que la gente piense que "tiene que leerlo porque no domina bien el asunto del que está hablando".

          4.  Hace al predicador "mecánico" y "frío".  El predicador que lee, no está "pensando" , pierde espontaneidad, y por ende, la dinámica correcta que debe haber entre él y su audiencia.

          La aplicación y conclusión de todo esto es que si usted es de los predicadores que escribe todo su sermón:  léalo y estudielo buen en su casa y oficina, pero por favor, no suba al púlpito con esa pieza literarias sino con un bosquejo que le sirva de guía.  Y cuando lo predique no cometa el error de recitar (repetir de memoria) todo lo que escribió, porque la congregación percibirá que a su sermón le faltó el corazón del predicador y la unción fresca del Espíritu Santo.

          A fin de cuentas, si usted no puede predicar su sermón sin tener que leelo, algo está mal en su preparación.

  

         

           

© MILTON & CARMEN VILLANUEVA