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JESÚS MISMO ES EL TEMPLO

September 29, 2018

“Pero les digo que uno mayor que el templo está aquí.”

Mateo 12:6 (RVA 2015)

Por Milton Villanueva

 

          Es asombrosa la fascinación que tienen algunos cristianos con la supuesta construcción de un nuevo templo de los judíos en Jerusalén. Para sustentar su entusiasmo citan alguna profecía del Antiguo Testamento y la interpretan “literalmente”, en vez de hacerlo “cristológicamente” como lo demanda legítimamente el Nuevo Testamento. 

 

       Tanto el tabernáculo peregrino, como el templo permanente, indicaban la morada de Dios con su pueblo. Además, en ambos se ofrecían los sacrificios y ofrendas por el pecado hasta que llegara lo perfecto. Cuando a principios del Evangelio de Jesucristo se nos dice que “el tiempo se había cumplido” significa que había llegado la plenitud para tomar el lugar de lo parcial, la realidad para tomar el lugar de las sombras, y lo permanente para tomar el lugar de lo temporero.

 

       En el mismo primer capítulo de su evangelio, Juan nos dice que aquel verbo que siempre existió y que era Dios, “fue hecho carne y habitó entre nosotros” (1:1 y 14). Literalmente “puso su tabernáculo” entre nosotros. Y añade Juan, para que no nos quede duda de lo que está diciendo: “y vimos su gloria (shekina), gloria como del unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad”. Mateo, por su parte, da por sentado que con el nacimiento de Jesucristo, se estaba cumpliendo la profecía de Isaías: “Llamarás su nombre Emamuel, que traducido es: Dios con nosotros (1:23)."

 

       Ahora usted puede entender mejor que cuando Jesucristo reclamó ser más grande que el templo es porque en realidad lo era. La encarnación del Verbo, significa que Dios tomó en la persona de su Hijo Jesucristo la habitación definitiva entre su pueblo. Cuando dijo que destruyeran el templo, y que él lo reedificaría en tres días, se refería a su cuerpo como morada permanente de su Deidad. Cuando anunció que no quedaría piedra sobre piedra del templo de Jerusalén, anticipaba que con su muerte en la cruz y con el velo roto de arriba abajo, ya no era necesario el templo de Jerusalén para los hombres acercarse a Dios. En Él, en el Templo mayor y definitivo, se ofreció el sacrificio perfecto e irrepetible, que hacía caduco e inoperante el templo de Jerusalén.

 

       Cuando él dijo: “Vayan por todo el mundo… y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” se estaba cumpliendo exactamente lo que le había anticipado a la Samaritana: “Créeme, mujer, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre.  Ustedes adoran lo que no saben; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca a tales que lo adoren. Dios es espíritu; y es necesario que los que le adoran, lo adoren en espíritu y en verdad” (Juan 4:21-24). Esa hora ya había llegado.

 

       Si alguien lo entendió muy bien fue Esteban, cuando sabiendo muy bien lo que decía y el costo que tendría para él, pronunció su sentencia de muerte diciendo: “si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano” (Hechos 7:48).

 

       En el año 70 d.C ocurrió la destrucción del templo de Jerusalén. Nunca ha habido un golpe más grande y permanente para la nación y religión judía que este. En su teología es como si Dios ya no habitara con ellos. Como si no hubiera lugar para encontrarse con Dios y ofrecer por el perdón de sus pecados. Aunque en realidad, la ausencia del templo lo que ha significado es la oportunidad de los judíos encontrarse con su Dios en Jesucristo: verdadero templo, Sumo Sacerdote, sacrificio perfecto por los pecados de su pueblo, único mediador entre Dios y los hombres, Dios con nosotros.

 

       Hermanos en vez de enfrascarnos en especulaciones y expectativas morbosas acerca de la reconstrucción de un nuevo templo judío en Jerusalén, oremos por la conversión del pueblo cuya sangre circuló por las venas de nuestro Señor. La construcción de un nuevo templo y la restauración de los sacrificios en él, no serían sino una manifestación crasa de incredulidad hacia Cristo e idolatría a un templo hecho de manos. Pero, cada vez que un judío se convierte a Cristo puede decir con el salmista: “HAS CAMBIADO MI LAMENTO EN BAILE” (Salmo 30:11).

 

       El cristianismo bíblico e histórico no tiene, ni puede tener mejor expectativa que esta: “Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero.” – Apocalipsis 21:22

 

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