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El Discípulo y el Señorío de Cristo

January 4, 2018

Sin el Evangelio del Reino…  No se puede ser discípulo

 

       

 

        Puedo decir, sin temor a equivocarme, que los tres elementos más importantes en mi formación cristiana han sido: la conversión en 1963, la comprensión del evangelio del reino con el inseparable Señorío de Cristo y el discipulado (a fines de los 60s y principios de los 70s), y las enseñanzas reformadas (a principio de los 90s). Hubiera dado cualquier cosa porque no transcurriera tanto tiempo entre cada una de ellas.

        Por supuesto que llegué convertido al seminario, y había recibido un buen curso de doctrina básica por mi pastor antes de ser bautizado, pero lo que me abrió los ojos a la esencia de lo que es un verdadero cristiano y discípulo de Cristo, fue “el evangelio del reino” y “el Señorío de Cristo”. Porque por primera vez comprendí que un cristiano es un súbdito o esclavo del REY, y que eso significa que Él es el AMO, DUEÑO y SEÑOR de todo lo que somos y tenemos. No hay como ser un seguidor de Jesús, un discípulo suyo, a menos que sea en Sus propios términos, y no en los nuestros. De otra forma, según Jesús, nadie podía ni puede ser Su discípulo. Cierto es que la salvación es gratuita, ya es por gracia, pero el discipulado tiene un alto costo: LO CUESTA TODO.

        Me temo que la razón principal por la que tenemos un cristianismo tan defectuoso, y en consecuencia, escasez de verdaderos discípulos, sea que ese evangelio del reino en el que “Jesucristo es el Señor y nosotros sus siervos (esclavos)”, brilla por su ausencia en las prédicas y enseñanzas de nuestras iglesias hoy. Y si no es dentro del contexto del reino de Dios, nunca entenderemos lo que es un discípulo del Señor, y mucho menos serlo y hacerlos.

        Jesús lo explicó de una forma bien clara para que no le quede duda a nadie: Lucas 14: 25 Una gran cantidad de gente caminaba con Jesús. De pronto, él se volvió y les dijo:26  «Si alguno de ustedes quiere ser mi discípulo, tendrá que amarme más que a su padre o a su madre, más que a su esposa o a sus hijos, y más que a sus hermanos o a sus hermanas. Ustedes no pueden seguirme, a menos que me amen más que a su propia vida. 27 Si ustedes no están dispuestos a morir en una cruz, y a hacer lo que yo les diga, no pueden ser mis discípulos.28 »Si alguno de ustedes quiere construir una torre, ¿qué es lo primero que hace? Pues se sienta a pensar cuánto va a costarle, para ver si tiene suficiente dinero. 29 Porque si empieza a construir la torre y después no tiene dinero para terminarla, la gente se burlará de él. 30 Todo el mundo le dirá: “¡Qué tonto eres! Empezaste a construir la torre, y ahora no puedes terminarla.”31 »¿Qué hace un rey que sólo tiene diez mil soldados, para defenderse de otro rey que lo va a atacar con veinte mil? Primero tendrá que ver si puede ganar la batalla con sólo diez mil soldados. 32 Y si ve que no puede ganar, aprovecha que el otro rey todavía está lejos y manda mensajeros a pedir la paz.33 »Por eso, piénsenlo bien. Si quieren ser mis discípulos, tendrán que abandonar todo lo que tienen. (TLA)

          Si de algo podemos estar seguros es que, sin lugar a dudas, quienes pretendían ser sus discípulos, seguramente entendieron que el Señor lo demanda todo, y que no se puede seguirle (ser discípulo o cristiano) sin aceptar esta realidad. Para el Señor esto está primero. Y en la prédica y enseñanza de la iglesia no puede ocupar otro lugar. De lo contrario estamos condenamos por nuestra propia culpa a construir una torre que nos avergüence, y a pelear una batalla que seguramente vamos a perder.

        A veces con las mejores intenciones hemos invertido el proceso. Y, por lo tanto, tenemos “cristianos al revés”. En verdad, uno debiera haberse convertido al Señor del Evangelio del Reino, y entender bien lo que esto significa, antes de seguir adelante. Una vez esto ocurre, entonces, nos serán más provechosas todas las gloriosas doctrinas del evangelio de Jesucristo.

        Insisto en que muy a menudo hacemos las cosas al revés. Tenemos el Señorío de Cristo, y las demandas del evangelio del reino, debajo de la manga, y no nos atrevemos a sacarlas por temor a que la gente se nos vaya.  O lo postergamos para más tarde, para cuando “sean más maduros en la fe”. ¡En serio! En mis más de cuatro décadas de ministerio les puedo asegurar “que sin el evangelio del reino y el Señorío de Cristo nunca un cristiano va a madurar porque se va a pasmar. Y, que más nos duelen los que se van de la iglesia, que los que nunca llegaron.”

ENTONCES: REENFOQUÉMONOS EN LA CENTRALIDAD DEL REINO EN EL EVANGELIO

        El reino de Dios es un tema trascendental que une tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, y a ambos entre sí.  Se trata del gobierno, reinado, dominio y soberanía de Dios sobre su pueblo. Ahora, bien, sabemos que la humanidad entera cayó bajo el dominio del pecado en el primer Adán. Que el reino unido bajo la teocracia se dividió por causa del pecado. Finalmente, que ambos reinos, Israel y Judá cayeron, igualmente por causa de sus pecados. Pero los profetas del Antiguo Testamento anticipaban la venida del Mesías Ungido de Dios, un hijo de David,  para restaurar el reino a su pueblo.

        Juan el Bautista irrumpe en la escena del Nuevo Testamento para preparar el camino del Señor, predicando el arrepentimiento y el bautismo para perdón de pecados. Una vez que Juan ha cumplido su misión de preparación, de identificación y presentación de Jesús como el sujeto de su misión, al poco tiempo será encarcelado, y el enfoque del evangelio se centrará en Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías Prometido.

        Entonces, “Jesús vino a Galilea predicando el evangelio (la buena noticia) del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:14-15). A partir de este momento usted se topará con Jesús aludiendo al “reino de Dios”, “reino de los cielos” o sencillamente “al reino”, a lo largo y ancho de su ministerio. El reino está presente en el Sermón del Monte (Ej.: en las bienaventuranzas, la oración modelo, la enseñanza sobre el afán y la ansiedad); en la misión de los doce (Mateo 10:7); en las parábolas de Mateo 13;  en su reflexión sobre el joven rico (Mateo 19:23-24); en la parábola de la viña (Mateo 20:1); es lo que ocasiona la petición de la madre de Santiago y Juan (Mateo 20:20); es el trasfondo de la “Entrada Triunfal” (Mateo 21:1-10); en la parábola de las bodas (Mateo 22:1-14); lo veremos una y otra vez en la controversia de Jesús con los escribas y fariseos (Mateo 23); en el sermón profético de Mateo 24, y como parte de él un versículo muy importante: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (vers. 14); y las parábolas del cap. 25).

        Y aunque no he pretendido ser exhaustivo sobre esto, no puedo dejar de mencionar un hecho importantísimo que Lucas menciona casi al principio del libro de los Hechos. En los cuarenta días entre la resurrección y la ascensión, este es el tema central de la conversación de Jesús: “apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios” (1:3). Por supuesto que no voy a referirme a todas las  aproximadamente 125 referencias al reino en el Nuevo Testamento, pero sí, a dos más relacionadas con el apóstol Pablo: “Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros entre quienes he pasado (3 años) predicando el reino de Dios, verá más mi rostro” (Hechos 20:25) / “Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo” (Hechos 28:30-31).

          Trataré de resumir lo que he dicho y lo que no he dicho, así: Juan el Bautista anunció la cercanía del reino (“el reino de los cielos se ha acercado”); Jesús nos hizo conscientes de la presencia actual del reino (“el reino de los cielos entre vosotros está” / “ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios”); el evangelio y las epístolas nos enseñan “el ya, pero, todavía no” del reino; y el Apocalipsis nos lleva hasta el “ya no más todavía no”.

        A ver si puedo ilustrar lo que quiero decir. Imagínate que necesitas un auto. Tienes una idea básica pero satisfactoria de lo que es un auto. - Es un vehículo común de transportación. Sabes que tiene un diseño exterior, un equipo mecánico que consta, en términos generales, de motor, transmisión y cuatro ruedas. También tiene un interior con asientos, radio y posiblemente acondicionador de aire.  Algunos usan gasolina o diesel como combustible, y otros son híbridos (porque usan combustible y electricidad). - Aparte de esto, ¿qué más quieres saber cuando vas al concesionario?  -La marca, el año, los cilindros, millas por galón, el precio y condiciones de pago.- Con esta información básica en mente, y tu buen gusto, vas al concesionario pertinente, y ¡bingo!, encontraste el auto deseado. Uno no necesita conocer al pie de la letra el Manual del Fabricante, ni mucho menos conocer toda su ingeniería mecánica para comprar un auto.

        Haciendo la aclaración de que la salvación no se compra, ya que es solamente por gracia, para responder al llamado a seguir a Jesús, uno no necesita ningún grado académico, ni siquiera un diploma en estudios bíblicos o teológicos. Lo que necesita es una fe esencial y básica. Y en esa fe esencial y básica tiene que estar presente el evangelio del reino de Dios y Jesucristo como el Señor.

        Si invertimos el orden, y pretendemos que primero domine bien toda la teología paulina, en la cual el mismo apóstol Pedro reconoció que había cosas “difíciles de entender”, es posible que “logremos” un buen estudiante en vez de un buen discípulo del Señor.

¿ESTÁ ESTO REÑIDO CON LOS HECHOS HISTÓRICOS SOBRE LOS QUE DESCANSA NUESTRA SALVACIÓN?

        La respuesta categórica es: NO. Porque el mismo Señor que tanto les habló del reino a sus discípulos, también les enseñó que su muerte y resurrección eran necesarias e indispensables para los propósitos del reino. Y dicho sea de paso, fueron dos de los eventos más difíciles de entender y creer por sus discípulos, aun después de la resurrección. -(Leer Marcos 16:14 y Lucas 24:25-27)

Lucas 24: 44 Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. 45 Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; 46 y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; 47 y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. 48 Y vosotros sois testigos de estas cosas. (RVR1960)

EL APÓSTOL PABLO REAFIRMA LO MISMO

          Préstale mucho atención a lo que Pablo dice en 1 Corintios 15: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2 por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. 3 Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5 y que apareció a Cefas, y después a los doce”. El apóstol Pablo claramente establece que lo primero y prioritario que él recibió como evangelio, y que les comunicó asimismo a los corintios fue: “que Cristo murió por nuestros pecados, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”; y que de esto, ellos y muchos otros son testigos presenciales.  Estos tres hechos históricos son la esencia y fundamento del evangelio. Y nuestra salvación descansa en la fe en la persona histórica de Cristo y estos hechos específicos proclamados en su evangelio. 

        El problema surge cuando separamos esta gran verdad, del efecto que debe producir o tener en el creyente. Cuando llegamos a creer, y hacer creer a los demás, que todo se limita a ser salvo o tener vida eterna, y pasar el resto de la vida alabando y adorando a Dios, junto a los demás hermanos en la iglesia, por una salvación tan grande.

        A decir verdad, esto es lo menos que debemos hacer, pero no es todo lo que nos corresponde hacer. Esta salvación y vida eterna tienen que entenderse en el contexto del evangelio del reino de Dios y el Señorío de Jesucristo – Romanos 14: “8 Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. 9 Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven.”  

        Si no predicamos y enseñamos claramente el SEÑORÍO DE CRISTO como un aspecto indispensable del evangelio de nuestra salvación, habremos cambiado el evangelio del reino de nuestro Señor Jesucristo por uno de los tantos “evangelios de las medias verdades” que abundan por ahí. Y una media verdad, no puede hacer un cristiano completo, ni un verdadero discípulo.

        Fuimos comprados con su sangre. Fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir, no con oro ni plata sino con su sangre preciosa. El pagó el precio para que ya no sirvamos más al pecado, ni al mundo, ni al diablo, ni a nuestro propio yo. Dios nos ha librado del reino de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo.  Y en ese reino, Jesucristo es el Señor, Amo, Dueño, Rey y la Máxima Autoridad. ¡Y esto lo cambia todo en nuestra comprensión del evangelio y la vida cristiana!

        Los cristianos no tenemos que esperar para hacer en el futuro, lo que nos corresponde hacer ahora, si entendemos Filipenses 2: “6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 9 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

        ¿Puedes afirmar que eres cristiano? Espero que sí. ¿Puedes afirmar que eres cristiano sin ser discípulo? Lo dudo. ¿Puedes afirmar que eres un cristiano y discípulo de Cristo, sin que Él sea tu Señor? ¡Imposible! ¿Te das cuenta de que esto es algo más serio de lo pensabas?

ENTONCES, PRIMERO LO PRIMERO

          Y, ¿qué es lo primero? Lo esencial del Evangelio de Jesucristo es: el reino de los cielos, que exige arrepentimiento y fe respecto a la persona del Señor Jesucristo. Un entendimiento básico de la necesidad de la muerte, resurrección y exaltación de Jesucristo. Creer esto con todo el corazón y confesarlo con nuestra boca. Y una conciencia clara de que “si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. 9 Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven.” -(Romanos 14:8-9)

          El discipulado es un proceso de toda la vida, pero el Evangelio del Reino, con Jesucristo como el Señor, que lo demanda todo o nada, no debe estar oculto para el final del proceso, sino al principio. Porque desde el principio mismo que respondemos al llamamiento de Dios por medio del evangelio, ya nos hemos convertido en discípulos, y nada menos que eso. Y desde ya nos corresponde comenzar a vivir como uno de ellos.

        ¡Dobla ahora mismo tus rodillas ante Él, y confiesa  con plena conciencia que Jesucristo es tu Señor!

 

 

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© MILTON & CARMEN VILLANUEVA